Estados Unidos puso aranceles del 100% a los coches eléctricos chinos, pero Geely ha encontrado la manera de sortearlo Geely ha encontrado la fisura perfecta en el muro arancelario de los Estados Unidos. Mientras Washington aplica un impuesto del 100% a los vehículos eléctricos fabricados en China, el gigante asiático se prepara para fabricar sus modelos directamente en suelo estadounidense utilizando la planta de Volvo en Carolina del Sur.Esta maniobra estratégica no solo neutraliza el impacto de los gravámenes de importación, sino que posiciona a Geely como un competidor local capaz de desafiar a las marcas tradicionales de Detroit desde dentro de sus propias fronteras, transformando un bloqueo comercial en una oportunidad de expansión industrial.El epicentro de esta audaz estrategia es la fábrica de Ridgeville, una instalación que originalmente fue concebida por Volvo para producir el sedán S60. Tras la decisión de la firma sueca de cesar la producción de este modelo debido a la baja demanda de sedanes en el mercado norteamericano, la planta quedó con una capacidad instalada infrautilizada. Geely, que posee la mayoría accionaria de Volvo, ha visto en este espacio el caballo de Troya ideal.Al ensamblar vehículos en Carolina del Sur, los coches dejan de ser considerados importaciones chinas y pasan a tener el sello de fabricación local, eludiendo legalmente los aranceles punitivos que buscan frenar el avance de la tecnología china.La transición no es solo un cambio de modelos en la línea de montaje, sino una reconfiguración total del propósito de la infraestructura. Y un ejemplo de ello es que la planta ya está produciendo el Volvo EX90 y el Polestar 3, dos modelos eléctricos de alta gama que comparten plataformas tecnológicas desarrolladas por Geely.A pesar de haber encontrado una solución al problema de los aranceles, Geely se enfrenta a un obstáculo mucho más sofisticado y difícil de sortear, y estas son las regulaciones de seguridad nacional. Esto se debe a que el Departamento de Comercio de los Estados Unidos ha endurecido su postura contra los vehículos conectados que utilizan tecnología de países considerados una amenaza, centrándose específicamente en el hardware y el software que gestionan la conectividad y la conducción autónoma.Sin embargo, no basta con que el coche se atornille en Ridgeville, sino que su estructura electrónica también debe cumplir con los requisitos de procedencia que exigen las autoridades estadounidenses para evitar posibles riesgos de ciberseguridad masivos.Este nuevo frente de batalla obliga a Geely a buscar proveedores de software occidentales o a desarrollar divisiones de ingeniería independientes fuera de China para sus operaciones en Norteamérica. La empresa ya está trabajando en la integración de ecosistemas tecnológicos que sean aceptables para los reguladores locales, lo que podría implicar una división profunda entre los modelos vendidos en Asia y los destinados al mercado estadounidense.La estrategia de Geely guarda paralelismos fascinantes con la respuesta de los fabricantes japoneses en los años ochenta. Cuando Estados Unidos impuso restricciones voluntarias de exportación a empresas como Toyota y Honda, estas respondieron construyendo fábricas masivas en estados como Ohio y Kentucky.No obstante, aquella táctica no solo eliminó las barreras comerciales, sino que permitió a las marcas niponas integrarse en la cultura estadounidense, generando empleos locales y ganándose la lealtad de la clase media. Geely está siguiendo este manual al pie de la letra, apostando por la creación de puestos de trabajo en Carolina del Sur como una póliza de seguro política contra futuras sanciones.De esta manera, la intención declarada de la compañía es tener una presencia plena en el mercado de Estados Unidos en un plazo de dos a tres años. Este horizonte temporal es ambicioso, pero realista si se tiene en cuenta que ya poseen la infraestructura física y el conocimiento de mercado que les brinda Volvo.En última instancia, el movimiento de Geely subraya que los aranceles son una herramienta contundente pero a menudo porosa en una economía global interconectada. Mientras los políticos en Washington discuten sobre porcentajes impositivos, los ingenieros y estrategas en Hangzhou ya están instalando sus cadenas de montaje en suelo americano.En definitiva, la batalla por el dominio del coche eléctrico no se ganará solo en los puertos de entrada, sino en la capacidad de las empresas para mimetizarse con el entorno y navegar por un laberinto regulatorio que cambia casi tan rápido como la propia tecnología.