Más allá de las piezas mecánicas, los sistemas de seguridad y los componentes electrónicos, en un coche conviven varios líquidos que son fundamentales para que todo funcione correctamente. Algunos como el aceite del motor y, por supuesto, el combustible, son de sobra conocidos, pero hay otros que suelen pasar desapercibidos. Un buen ejemplo es el líquido de frenos.Que no sea un líquido tan conocido como el aceite no significa que no requiera atención periódica. No cambiarlo a tiempo provoca un desgaste silencioso que termina traduciéndose en averías muy serias, sobre todo si forman parte de un elemento tan importante para la seguridad del coche como es el sistema de frenos. El líquido de frenos Cuando el conductor pisa el pedal de freno, se activan varias piezas como las pastillas, las pinzas o el líquido, que básicamente se encarga de que todo el conjunto funcione correctamente. Para ello, se desplaza por todo el sistema y transmite la presión del pedal hacia las pinzas de freno, que a su vez presionan los discos. Tal y como explican desde El Espectador, en todo este proceso, el líquido de frenos debe soportar condiciones exigentes. Aunque está preparado para soportar altas temperaturas y para funcionar sin problemas durante miles de kilómetros, no es un líquido indestructible. Cambiarlo a tiempo forma parte del mantenimiento del vehículo, y en este sentido los especialistas recomiendan sustituirlo por primera vez a los tres años. A partir de ahí, se debería reemplazar cada dos años o siguiendo las instrucciones del fabricante. Normalmente, el depósito de líquido de frenos se encuentra en el compartimento del motor. En la mayoría de modelos se coloca justo encima del sistema hidráulico y suele tener una tapa que permite al conductor comprobar el nivel de líquido y rellenarlo si hiciese falta. Aun así, en caso de dudas, lo mejor es acudir a un taller profesional. Posibles problemasNo cambiar este líquido del coche a tiempo puede salir caro: cuándo sustituirlo para evitar averías Conducir con un líquido de frenos demasiado viejo no es un detalle menor, ya que sus propiedades cambian y pierde eficiencia, lo cual afecta a todo el sistema de frenado. En los peores casos, el líquido puede calentarse y formar burbujas de vapor dentro del circuito. Todo esto hace que el coche necesite más metros para detenerse, lo que se traduce en un aumento considerable del peligro en carretera.