La eficiencia se ha convertido en una prioridad en la movilidad. La necesidad imperiosa de la reducción de las emisiones contaminantes ha abocado a la industria de la automoción al camino de la electrificación de sus productos. Pero tal tendencia puede abordar también otros desafíos cuando se trata de viajar con un vehículo. Es la constatación que he podido tener en primera persona durante mis vacaciones de Semana Santa con una furgoneta adaptada como vivienda. La eficiencia entendida como la gestión inteligente de los recursos disponibles alcanza la condición de desafío al vivir varios días en una cámper, dado lo limitado de los mismos. Comodidades que hoy son cotidianas para una gran parte de la población (al menos en los países del denominado primer mundo) se transforman en prácticamente un lujo en este estilo de turismo itinerante. Energía eléctrica, agua, gas e incluso combustible (sobre todo con los precios actuales) son bienes limitados y que, por tanto, resulta esencial saber preservar y valorar en su justa medida. Una eficiencia que puede llegar a trasladarse a continuación a lo habitual, ya que hábitos tan simples como abrir un grifo y disponer de agua infinita se transforma en algo mucho mas responsable y consciente. Estos son los retos que plantea vivir y viajar en una cámper y que también contribuyen a la búsqueda de una sociedad más respetuosa y comprometida con el medio ambiente, más allá de la hoja de ruta marcada hacia la descarbonización de la movilidad. Agua y electricidad Disponer de agua y energía eléctrica es una de las necesidades básicas de este tipo de viajes por carretera. Existen numerosas variables dependiendo del equipamiento de cada vehículo camperizado y del tipo de experiencia que se elija, pero común en todos los casos es que se trata de recursos tan limitados como preciosos. Una furgoneta cámper monta, como media, depósitos de agua limpia de entre 100 y 150 litros, incluso por debajo en las de menor tamaño. Así que se acabaron las duchas interminables (en los modelos que disponen de esta posibilidad) o mantener el grifo abierto constantemente durante el fregado de enseres de cocina. Situaciones que escapan a lo habitual en un domicilio, aunque tampoco estaría de más interiorizarlas en el día al día. Cuando el agua del depósito se agota, llega el momento de reponerlo, lo que no siempre es sencillo si se pernocta fuera de lugares preparados para tal fin. Así que controlar el consumo, sobre todo el despilfarro, pasa a ser una prioridad. Algo similar ocurre con la electricidad. Existen numerosos sistemas para proveer de energía a una cámper, pero nunca equiparables al suministro continúo de la red fija. La única excepción, de nuevo, se produce en los campings o áreas adaptadas para estos vehículos, en las que es posible contratar (por unos cinco euros diarios) conexión a su red, con lo que los sistemas instalados para tal fin en la furgoneta o autocaravana proporcionan toda la electricidad necesaria y sin límites. Sin embargo, fuera de estos lugares, las baterías auxiliares que acumulan la energía para la vivienda (no la del propio vehículo) se recargan de dos formas: mediante el alternador mientras se circula o con placas solares en caso de disponer de ellas y siempre que la meteorología lo propicie. En cualquier caso, la capacidad de estos sistemas eléctricos es limitada, lo que exige cierta austeridad con la iluminación de la vivienda, así como con el uso de cualquier dispositivo que precise de electricidad para su funcionamiento: desde ordenador personal a una nevera, pasando por secador de pelo o una tostadora. E insisto: siempre que la instalación eléctrica de la furgoneta se encuentre preparada para tales exigencias. Control Camper El gas, otro bien escaso Aunque algunas furgonetas cámper utilizan el gasóleo del propio vehículo para la calefacción estacionaria (es decir, la que da servicio al habitáculo con independencia de la furgoneta), son muchos los usuarios que alimentan estos equipos con gas butano o propano, este último más eficiente con bajas temperaturas. Se recurre así a las clásicas bombonas de los proveedores habituales, una o mejor dos para tener repuesto cuando se agote la primera. Este gas sirve tanto para climatizar el interior como para calentar el agua de la ducha o el fregadero. Todo ello, con las limitaciones lógicas de la capacidad de las bombonas, por lo que tampoco el derroche es buen compañero de viaje en una furgoneta camperizada. Y hablando de combustible, el aficionado a este tipo de experiencias también debería ser cuidados con su estilo de conducir. Hacerlo de una forma eficiente resulta básico para que el consumo del diésel no se dispare. Se trata de vehículos grandes, pesados y poco aerodinámicos, por lo que hablar de un gasto por debajo de los 10 litros a los100 kilómetros ya es una cifra óptima. Sin embargo, no estando atento al acelerador o circulando a ritmos muy elevados por carretera o autovía, este consumo se puede incrementar con facilidad hasta un 30%.