.El 24 de junio de 1982, el vuelo 009 de British Airways se enfrentó a una de las situaciones más aterradoras de la historia de la aviación. Sin embargo, el accidente en sí no fue lo único que pasó a la posteridad, sino la increíble sangre fría de su capitán a la hora de dar las malas noticias.Un apagón total a 11.000 metrosTodo iba según lo previsto en el viaje desde Londres hasta Nueva Zelanda. Tras hacer escala en Kuala Lumpur, el enorme Boeing 747, con más de 260 personas a bordo, sobrevolaba el Océano índico a unos 11 kilómetros de altitud. De repente, pasadas las ocho y media de la tarde, los pilotos empezaron a ver unos extraños destellos de color blanco y azul en el parabrisas, un fenómeno conocido como el fuego de San Telmo.En cuestión de segundos, la situación se torció por completo. Los motores empezaron a fallar uno detrás de otro. En menos de un minuto y medio, los cuatro motores del avión se apagaron por completo. Un mensaje que ya es historiaMientras el avión perdía altura en absoluto silencio, el caos se apoderó de los pasajeros. Las mascarillas de oxígeno cayeron, el ambiente se llenó de humo con un fuerte olor a azufre y muchos viajeros empezaron a escribir notas de despedida a sus familias, pensando que era el final.Fue entonces cuando sonó la megafonía y se escuchó uno de los anuncios más surrealistas (aunque “tranquilos”) que se recuerdan. Fiel a la sutileza británica, el capitán Eric Moody comunicó: “Señores y señoras, les habla su capitán. Tenemos un pequeño problema: los cuatro motores se han detenido. Estamos haciendo todo lo posible para que vuelvan a funcionar. Espero que no estén demasiado preocupados”.Un milagro en caída libreDentro de la cabina de mando se vivía un ambiente de inmensa tensión. Para colmo, la mascarilla de oxígeno del copiloto se rompió, lo que obligó a Moody a descender a una altitud inferior para que su compañero no se asfixiara. Mientras tanto, el ingeniero de vuelo Barry Townley-Freeman, intentó arrancar los motores más de quince veces seguidas sin éxito.Frente a la costa montañosa de Indonesia, asumiendo que no lograrían llegar a ningún aeropuerto cercano, el capitán tomó la decisión de prepararse para un amerizaje de emergencia. Sin embargo, cuando se encontraban ya a menos de 4.000 metros del mar, los motores volvieron a arrancar como si de un milagro se tratase.Aunque recuperaron potencia para volver a subir, los problemas no cesaron. El cristal del parabrisas se había quedado completamente opaco, impidiendo operar a los pilotos con normalidad. Tuvieron que aterrizar en el aeropuerto de Yakarta totalmente a ciegas, guiándose sólo por los instrumentos y las instrucciones de la torre de control, aunque finalmente el aterrizaje fue perfecto.La razón detrás del accidente Una vez en tierra, se descubrió que el avión había atravesado una inmensa nube de ceniza expulsada por el volcán Galunggung. Esas partículas diminutas, que son invisibles para los radares meteorológicos, se pegaron a las turbinas, asfixiando y atascando los motores, y rayaron por completo el parabrisas. Al caer a menor altitud, esa ceniza solidificada se enfrió, se resquebrajó y permitió que los motores volvieran a respirar. Desde entonces, se han creado sistemas globales de detección para desviar los vuelos de cualquier nube volcánica. Precisamente por estas normas de seguridad, años después, en 2010, la nube del famoso volcán islandés Eyjafjallajökull paralizó durante semanas todo el tráfico aéreo en Europa, para evitar que a otro avión le pasara lo mismo.¡Tus opiniones importan! Comenta en los artículos y suscríbete gratis a nuestra newsletter y a las alertas informativas en la App o el canal de WhatsApp. ¿Buscas licenciar contenido? Haz clic aquí