Fracaso de la DGT y su baliza V16: el 83% de los conductores no la utilizan para avisar de la incidencia, según un estudio La implementación de la baliza V16 conectada en las carreteras españolas, una de las grandes apuestas de la Dirección General de Tráfico para modernizar la seguridad vial, parece haber tropezado con la cruda realidad del asfalto. A pesar de que desde el pasado 1 de enero de 2026 el uso de estos dispositivos geolocalizados es estrictamente obligatorio en caso de siniestro o avería, los datos actuales dibujan un escenario de desobediencia o, en el mejor de los casos, de un desconocimiento masivo.Un análisis reciente elaborado por la empresa pionera Netun Solutions revela que solo el 17% de las asistencias diarias en carretera se realizan tras la activación de una baliza conectada, lo que deja al descubierto que el 83% de las incidencias siguen gestionándose al margen de esta tecnología.Para dimensionar la magnitud de este desfase, es necesario observar la actividad frenética de las carreteras españolas. Según los registros de UNESPA, España contabiliza cerca de 11 millones de siniestros al año. De este volumen total, aproximadamente el 40% requiere algún tipo de asistencia técnica, lo que se traduce en más de 4 millones de intervenciones anuales y una media de unas 12.000 asistencias cada día.Sin embargo, la realidad digital es mucho más modesta, ya que el Ministerio del Interior apenas registra unas 2.000 activaciones diarias de dispositivos V16 conectados. Esta brecha estadística no es solo una cuestión de números, sino que representa un problema de seguridad de primer orden, pues evidencia que la mayoría de los vehículos detenidos siguen siendo invisibles para el ecosistema digital de tráfico.El propósito fundamental de la V16 conectada va mucho más allá de una simple luz intermitente de color ámbar. Su verdadera potencia reside en la capacidad de geolocalización en tiempo real y su comunicación directa con la plataforma DGT 3.0. Este sistema permite avisar de forma inmediata al resto de los conductores sobre la presencia de un obstáculo en la vía, reduciendo drásticamente el riesgo de atropellos, una de las causas más trágicas de mortalidad en vías interurbanas. El hecho de que ocho de cada diez conductores ignoren esta herramienta sugiere que los beneficios de ser "localizable" no han calado en la conciencia colectiva.Las razones detrás de este desplante tecnológico son variadas y complejas. Los expertos de Netun Solutions apuntan a una alarmante falta de información sobre la obligatoriedad de estos dispositivos, así como una confusión persistente entre los conductores. Muchos usuarios aún no distinguen entre las balizas analógicas antiguas, que carecen de conectividad, y los nuevos modelos inteligentes exigidos por ley.A esto se suma la incertidumbre sobre las ventajas reales frente a los métodos tradicionales y, posiblemente, un escepticismo generalizado ante una medida que ha sido percibida por algunos sectores más como una imposición burocrática que como una mejora en la seguridad personal.Ante este panorama, los fabricantes no han ocultado su inquietud. El Grupo de Trabajo Sector V16 Conectada, que aglutina a firmas clave como Netun, ha alzado la voz para solicitar medidas urgentes ante la incertidumbre reinante. La industria reclama una pedagogía institucional mucho más agresiva, la despolitización de la norma para centrar el debate exclusivamente en la seguridad y, sobre todo, una claridad absoluta en torno a las sanciones por no portar el dispositivo obligatorio.Alejandro González, directivo de Netun Solutions, enfatiza que la baliza no es un accesorio opcional, sino una herramienta de prevención que marca la diferencia en situaciones límite, por lo que resulta imperativo facilitar su adopción masiva.Otro factor determinante que explica la resistencia ciudadana es la profunda desconfianza que rodea a este cambio normativo, alimentada por una percepción de que el coste económico del dispositivo no se traduce en un beneficio tangible inmediato para el usuario.La obligatoriedad de adquirir un equipo tecnológico nuevo, que sustituye a los tradicionales triángulos o a las balizas sin conexión que muchos ya poseían, ha generado un rechazo latente basado en la sensación de estar ante una carga financiera impuesta más que ante una mejora de seguridad.Mientras el conductor perciba que el sistema es una vía para el control o una excusa para la imposición de sanciones por no portarlo, el rechazo al desembolso económico seguirá lastrando las cifras de adopción, impidiendo que la tecnología DGT 3.0 despliegue todo su potencial para reducir la siniestralidad en las carreteras españolas.