Durante décadas, conducir por ciudad ha sido un ejercicio casi automático. Rojo para detenerse, verde para avanzar y ámbar como aviso. Un lenguaje universal que apenas ha cambiado con el paso del tiempo y que forma parte de la rutina diaria de millones de conductores. Ahora, ese código podría estar a punto de romperse. En algunas ciudades europeas comienza a plantearse una modificación que introduce un elemento nuevo y, sobre todo, difícil de interpretar a primera vista para quien no lo conoce. Un cuarto color La novedad no consiste en sustituir las normas actuales, sino en añadir una nueva capa de información. Ese cuarto color, de tono blanco, no indica ni detenerse ni avanzar de forma directa. Su función es mucho más específica, avisar de que el tráfico en ese cruce está siendo gestionado por vehículos conectados o sistemas automáticos, y no únicamente por el semáforo tradicional. Esto no significa que los coches 'decidan' libremente, sino que intercambian datos entre ellos y con la propia infraestructura. De este modo, pueden coordinarse para cruzar de forma más fluida y sin interrupciones innecesarias. Croquis del proyecto del profesor Ali Hajbabaie, de la Universidad de Carolina del Norte. Qué tendría que hacer el conductor Aquí es donde surge la principal duda. Cuando aparece esa luz blanca, el comportamiento esperado cambia ligeramente, pero no de forma radical ni peligrosa. El conductor no tiene que tomar una decisión compleja. La indicación es simple, seguir al vehículo que tiene delante y mantener el flujo del tráfico, sin adelantarse ni frenar de forma brusca. Los coches equipados con tecnología avanzada son los que marcan el ritmo en ese momento. El resto, conducidos de forma convencional, se integran en ese movimiento coordinado. Por qué puede reducir atascos La clave está en la sincronización. En lugar de que cada conductor reaccione de forma individual, el sistema permite que varios vehículos actúen como un conjunto organizado. Esto reduce los típicos efectos acordeón en los cruces, donde una pequeña duda o frenazo provoca retenciones en cadena. Con esta tecnología, los movimientos son más continuos y previsibles. Los estudios realizados en entornos simulados apuntan a reducciones significativas en los tiempos de espera, especialmente cuando hay una presencia relevante de vehículos conectados en la vía. ¿Hay un semáforo con luz blanca en Madrid? En su momento, la posibilidad de ver este tipo de señalización en Madrid generó confusión. Todo empezó con la difusión de una imagen en la que aparecía un cuarto foco en un cruce muy transitado. La interpretación fue inmediata. Muchos conductores pensaron que se trataba de la llegada de esa luz blanca. Sin embargo, la explicación oficial fue distinta y mucho más sencilla. Aquel dispositivo no tenía ninguna relación con la conducción conectada. Era un sistema específico para situaciones puntuales, como desvíos de tráfico, lo que descartaba por completo cualquier cambio en las normas de circulación. Roma da el paso Mientras esa idea quedaba en nada en España, otras ciudades han decidido avanzar. Roma ha comenzado este año a estudiar la introducción real de esta cuarta luz, abriendo un escenario que hasta ahora solo existía sobre el papel. El proyecto se enmarca dentro de la adaptación de la ciudad a nuevos modelos de movilidad, en un entorno especialmente complejo por su densidad de tráfico y su estructura urbana histórica. Las primeras informaciones apuntan a que la capital italiana analizará su viabilidad en entornos concretos antes de una posible extensión, con el objetivo de comprobar su impacto en condiciones reales de circulación. Además, la iniciativa llega en un momento clave, con el impulso europeo hacia la digitalización del transporte y la integración de sistemas inteligentes en las grandes ciudades. Un sistema pensado para el futuro, no para hoy A corto plazo, este cambio apenas afectaría a la mayoría de conductores. Los coches tradicionales seguirán siendo mayoría y el sistema convencional continuará funcionando como hasta ahora. Sin embargo, a medida que aumente la presencia de vehículos conectados o con funciones autónomas, este tipo de soluciones empezará a cobrar sentido real en el día a día. El reto no está solo en instalar nuevos semáforos, sino en adaptar todo el ecosistema, desde la tecnología de los coches hasta la normativa y la propia forma de conducir.