Los jóvenes ya no quieren sacarse el carné de conducir. Según la DGT, solo el 48% de los menores de 34 años lo tienen. "No lo tengo por vagancia" En la España de los años 80 y 90, cumplir 18 años era sinónimo de una sola cosa: acudir a la autoescuela. El carné de conducir no era solo un documento plástico; era el pasaporte a la libertad, la herramienta indispensable para el ocio y el requisito innegociable para acceder al mercado laboral.Sin embargo, tres décadas después, el panorama ha dado un vuelco radical. Las cifras de la Dirección General de Tráfico (DGT) son, cuanto menos, reveladoras. Según tráfico, menos de la mitad de los jóvenes de entre 18 y 34 años (un 48,2%) tienen el carné de conducir. La pregunta que surge es inevitable: ¿Por qué la generación mejor formada de la historia le ha dado la espalda al volante?El mito de la "Generación de Cristal" y la vaganciaA menudo, desde las generaciones anteriores se tacha esta tendencia de "falta de interés" o, directamente, de "vagancia". Algunos jóvenes, con cierta ironía, llegan a admitirlo. "No lo tengo por pura vagancia".Pero tras esta respuesta superficial se esconde una realidad mucho más compleja. La pereza no es el motor de este cambio, sino una reevaluación de las prioridades y una adaptación a un entorno económico y tecnológico que ya no favorece el uso del coche privado.Para muchos jóvenes urbanos, el proceso de obtener el carné se percibe como una carrera de obstáculos tediosa. Entre clases teóricas, test interminables y el estrés del examen práctico, muchos prefieren invertir ese tiempo en su formación académica o en sus primeros pasos laborales, sectores donde la competitividad es feroz y el tiempo es el recurso más escaso.Más allá de la disposición anímica, el factor económico es el principal responsable de este desplome. Sacarse el carné de conducir en España tiene un coste medio que oscila entre los 800 y los 1.500 euros, dependiendo de la comunidad autónoma y de la destreza del alumno.Es más, para una generación marcada por la precariedad laboral, los contratos temporales y el elevado precio de los alquileres, desembolsar más de mil euros en una licencia es, a menudo, una quimera.Pero el gasto no termina con el examen. La propiedad de un vehículo conlleva costes fijos que los menores de 34 años difícilmente pueden asumir: el seguro para conductores noveles (cuyas primas son prohibitivas), el mantenimiento, el impuesto de circulación, el combustible y el aparcamiento.Y en un contexto donde el salario mínimo apenas permite la emancipación, el coche ha pasado de ser una necesidad a un artículo de lujo.Nuevas formas de movilidad y conciencia ecológicaLa fisonomía de las ciudades también ha cambiado. Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla han apostado por la peatonalización y el fortalecimiento del transporte público.La llegada de las plataformas de VTC (como Uber o Cabify), el auge de los coches compartidos (carsharing) y la explosión de los patinetes eléctricos han ofrecido alternativas eficaces que antes no existían. "¿Para qué quiero un coche si tengo el metro en la puerta y puedo pedir un coche con una app si salgo de noche?", se preguntan muchos.A esto se suma una creciente conciencia medioambiental. Los jóvenes actuales están mucho más concienciados sobre la crisis climática que sus progenitores. El coche privado es visto por muchos como un agente contaminante que contribuye al calentamiento global.Además, históricamente, el carné de conducir era una línea obligatoria en cualquier currículum. Hoy, aunque sigue siendo necesario para ciertos puestos técnicos o comerciales, muchas empresas en entornos urbanos han dejado de exigirlo.Esto se debe a que la digitalización y el teletrabajo han eliminado la necesidad de desplazarse físicamente a oficinas situadas en polígonos industriales inaccesibles. Para un programador, un diseñador o un redactor que trabaja desde su casa en el centro de la ciudad, el coche es un estorbo, no una herramienta.El hecho de que solo el 48% de los menores de 34 años tenga el carné no es un síntoma de apatía, sino de una transformación sociológica profunda. Los jóvenes están redefiniendo lo que significa el éxito y la libertad.Antes, la libertad era un motor de explosión y una carretera abierta. Hoy, la libertad es tener una buena conexión a internet, flexibilidad horaria y no estar atado a deudas por un vehículo que pasa el 90% del tiempo aparcado.De este modo, la DGT se enfrenta al reto de adaptar sus normativas a una juventud que ya no sueña con caballos de potencia, sino con ciudades más habitables y una economía más circular. La "vagancia" es solo la punta del iceberg de una generación que ha decidido que, para avanzar, no siempre hace falta pisar el acelerador.